Isla de la Santa Cruz
Isla de la Santa Cruz

10 de Agosto, 2017

Estando en Cartagena, me enteré de una pequeña isla colombiana con 1.000 habitantes en solo una hectárea de superficie. La curiosidad me llevó allá, recorriendo dos horas en colectivo y luego en una pequeña lancha media hora mar adentro. Un puntito insignificante apenas elevado del horizonte azul marca la aparición del islote. El pequeño muelle que sirve para descender está adosado al único espacio abierto a forma de Plaza. Ahí permanece el último árbol de porte que queda, lo demás está construido.
Los límites entre espacio público y privado casi no existen, recuerdo haber caminado por una calle–pasillo que de repente ingresa por el estar de una casa, sale por otra puerta siempre abierta y sigue su trazado; uno pasa, saluda y continua caminando.
Un día llegó flotando una cruz de madera de algo más de un metro que colocaron sobre un pedestal y es la que le dio el nombre a este islote, que había permanecido deshabitado hasta hace solo 150 años.
Está lleno de chicos, el crecimiento de la población -toda de raza negra- es muy acelerado. Van a una escuela primaria, pero los vi jugando en las calles, que actúan de patio del edificio escolar. Les gusta pintarse las caras de colores, y andan cantando sus canciones.
Vi riña de gallos en una gallera, gente durmiendo sobre bancos, pescadores dejando su pesca en piletones, todos haciendo su vida, con actitud alegre, despreocupada y muy amable.

Al ver estadísticas o hacer cuentas sobre el futuro del crecimiento poblacional y económico del planeta, este islote me suele aparecer como una gran metáfora. Nuestra generación protagoniza una situación inédita, que es duplicar la población planetaria en solo 40 años. Paralelamente en ese período, se multiplica por más de 10 el consumo per cápita de recursos. El modelo económico es hoy el crecimiento continuo, si no se crece hay problemas sociales graves y nadie votaría a un político que proponga detener el crecimiento. Sin embargo esto es matemáticamente insostenible. Por un lado lo sabemos, porque aceptamos que los problemas ambientales necesitan una disminución drástica del consumo de recursos naturales y energía como también de la producción de residuos. Por el otro ni por broma aceptamos las consecuencias prácticas y personales de esto.

Es así, nuestra mente está escindida, como las secciones de los periódicos de noticias (de cualquier tendencia política) que leemos: el suplemento de Ecología nos da todos los argumentos para consumir menos, no contaminar, no tirar, pero al lado el de Economía, nos dice que vamos mal porque solo crecimos el 2%, y entre medio páginas enteras con fotos de celulares, televisores 52”, zapatillas flúo air-cross, etc…
Si hacemos caso al suplemento de Economía, que es lo que sucede, avanzamos muy rápido en la destrucción del planeta, pero si por un momento imaginamos el resultado de hacer masivamente caso a los consejos del no consumismo, muchas consecuencias también serían probablemente muy difíciles de sobrellevar, como la disminución de las fuentes de trabajo y la miseria.

Para complicar sumemos una cuentita muy simple referida a demografía. El crecimiento poblacional actual en el mundo está alrededor del 1,18% anual. Proyectando este crecimiento, nos resulta que en apenas 388 años, la población se multiplicaría por 1.000: sí hagan la cuenta (+1,018^388) o pídansela a alguien afín con las matemáticas. Como ejemplo, solo en Argentina llegaríamos a tener cuarenta y cinco mil millones de habitantes, seis planetas de hoy. Obvio que no pasará, el planeta no soporta multiplicar su población por mil, ni por cien, ni siquiera por diez. No sé cuál es el número, pero no se puede crecer indefinidamente, ni en la economía ni con la población.

El desafío, nada fácil pero imprescindible, pasa por sincerarse y buscar un sistema de reglas y valores para hacer las cosas sin destruir el lugar donde vivimos. A veces pienso que sería conveniente no tener Ministerios ni Secretarías de Medio Ambiente, éstos solo se encargan de un pedacito de la realidad. Algunos fanatismos ecologistas tampoco ayudan cuando solo saben decir nó pero no indagan cómo. Mejor sería encarar el desarrollo y la planificación sobre postulados reales y formular claramente los sacrificios personales a aportar para mantener una expectativa sobre el futuro. La Isla de la Santa Cruz pudo funcionar hasta aquí, pero todo el planeta no soportaría un crecimiento así. Aunque no les alcanzará, algo tienen a favor y es que sus habitantes parecen no haberse contaminado con el virus del consumismo. Lo denotan los rostros amables y despreocupados en aquella isla, la más densamente poblada del planeta.

En el año 1983 se recibe de arquitecto en la Universidad Nacional de Córdoba. Actualmente desarrolla su actividad con epicentro en las provincias de Córdoba y San Luis.